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Opinión · 16 de septiembre de 2026

Hay una decisión que toda empresa en crecimiento tiene que tomar, y pocas la toman a tiempo

Por María de los Ángeles Ochenasek — Abogada | Contadora

En una empresa chica, que una sola persona concentre la mayoría de las decisiones no es un defecto: es, muchas veces, la forma más eficiente de funcionar. Esa persona conoce cada detalle del negocio, puede resolver rápido, y no hace falta ningún proceso formal para que las cosas avancen. El problema aparece más adelante, cuando la empresa crece y esa misma forma de decidir, que antes era una ventaja, empieza a jugar en contra.

El crecimiento trae más empleados, más clientes, más proveedores y más decisiones simultáneas. La persona que antes podía sostener todo eso sin dificultad empieza a convertirse, sin buscarlo, en el punto por el que tiene que pasar cada asunto, por más pequeño que sea. Las señales suelen repetirse de una empresa a otra: decisiones que tardan en resolverse porque dependen de que una sola persona tenga tiempo para mirarlas, áreas que no avanzan si esa persona no está disponible, y una sensación creciente de que la información sobre cómo va el negocio existe, pero está repartida entre pocas cabezas en lugar de estar disponible para quien la necesita.

A esto se lo suele llamar, de manera genérica, falta de gobierno corporativo. El término puede sonar ajeno a una pyme, como si fuera un concepto reservado para empresas que cotizan en bolsa o para corporaciones de miles de empleados. No es así. El gobierno corporativo, en una empresa de cualquier tamaño, es la forma en que se ordenan los órganos de decisión: quién decide qué, con qué información, con qué frecuencia se revisan los temas importantes, y qué queda registrado para que no dependa de la memoria de una sola persona. Cuando una empresa es chica, esos órganos pueden no existir de manera formal porque todavía no hacen falta. Cuando crece, dejan de ser un formalismo y pasan a ser una condición para seguir funcionando bien.

Definir esto no implica burocratizar la empresa ni multiplicar reuniones. Implica, por ejemplo, separar qué decisiones puede tomar cada responsable de área sin necesidad de consultar, qué información se revisa de manera periódica y con quién, y qué acuerdos importantes quedan documentados en lugar de sostenerse solo de palabra. Ese ordenamiento no le resta velocidad a la empresa: se la devuelve, porque libera a quien hoy concentra todo para ocuparse de lo que realmente requiere su criterio, en lugar de intervenir en cada decisión menor.

Postergar esta definición tiene un costo, aunque no siempre sea visible de inmediato. Mientras la estructura de decisión no está ordenada, cada nuevo crecimiento profundiza la dependencia de una sola persona en lugar de aliviarla. Es un problema que tiende a agravarse con el tiempo, no a resolverse solo. Ordenar el gobierno de la empresa a tiempo evita que el propio crecimiento, que debería ser una buena noticia, termine convirtiéndose en la fuente del problema.

Cabe destacar que esto no es una cuestión de que algo se esté haciendo mal. La concentración de decisiones en una persona es, en la etapa inicial de cualquier empresa, la manera natural y razonable de funcionar. El punto no es cuestionar esa etapa, sino reconocer el momento en que esa misma lógica necesita evolucionar para que la empresa pueda seguir creciendo sin perder velocidad ni control sobre lo que pasa puertas adentro.

Muchas empresas que atraviesan esta etapa nunca se detuvieron a evaluar si esas decisiones ya están repartidas a tiempo, o si siguen dependiendo, sin que nadie lo haya decidido así, de una sola persona.

Este contenido tiene carácter informativo general y expresa una opinión profesional. No constituye asesoramiento para un caso particular.

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